AazulPontaza 325 puntos
20 Jul
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En el más allá
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Laura ha sufrido un accidente automovilístico que la ha dejado inconsciente. En el "más allá" una conversación poco usual con un ser desconocido, la hace cuestionar sobre si debe seguir viviendo o ha llegado su hora de morir.



LAURA

Al abrir sus ojos, Laura quedó deslumbrada por la fulgurante luz que la rodeaba; con ambas manos intentó bloquear la entrada de esta en sus pupilas pero fue inútil, el lugar era infinitamente blanco y brillante .
Pestañeó algunas veces hasta acostumbrarse a su nueva visión y, cuando pudo abrir los ojos por completo, arrugó el entrecejo y ladeo la boca. Se preguntó dónde estaba y cómo había llegado ese lugar. Levantó su torso y permaneció sentada, echó una mirada en derredor para intentar reconocer el lugar, mas sólo halló luz blanca de regreso.

"¿Estoy muerta?", se preguntó, y cuando lo hizo un torbellino de incertidumbre sacudió su pecho. Se puso de pie y observó su vestimenta; recorrió sus botines negros, sus jeans azules y su blusa verde de licra, ropa que recordaba haberse puesto en la mañana, pero no podía evocar nada después de eso.

¿Qué había sucedido antes de llegar a ese lugar que, a todas luces parecía ser el cielo? No tenía idea.

Cómo era posible que hubiera muerto sin sentir nada, sin saber cómo, sin sufrir y sin malestar alguno. Incrédula pensó: ¿De verdad estaré muerta?

—No —respondió una grave voz varonil.

Laura abrió los ojos como platos. ¿Estaba alucinando? ¿Quién había respondido a su pensamiento? Se agarró la cabeza con ambas manos y giró para todos lados intentando descifrar de quién era y de dónde provenía esa argentina voz.

"¿Qué fue eso?".

—Yo Soy —respondió nuevamente la voz a su pensamiento, tan clara y serena que parecía venir de adentro de su cabeza.

—¿Yo? —dijo esta vez en voz alta.

—No, Yo Soy —repitió la voz con énfasis.

—¿Dónde estás? Te escucho cerca, pero no te veo.

—Estoy en todas partes.

—¿En dónde? —insistió Laura mientras oscilaba la cabeza en todas direcciones.

—En todas partes —reiteró la voz.

—¿Eres Dios?

—Yo Soy.

—¿Estoy... —aguardó un momento temiendo la respuesta— muerta?

—No lo estás.

Laura liberó una discreta exhalación de alivio y continuó haciendo preguntas.

—¿Dónde es aquí?

—Aquí puede ser un parada o puede ser tu destino final.

—No entiendo.

—Tú decides, Laura.

—¿Qué decido? —inquirió desesperada—. ¿Cómo llegué aquí? No recuerdo nada.

—Sufriste un accidente automovilístico.

Laura echó su cabeza atrás y arrugó la frente, luego agachó la cabeza para mirar su cuerpo, y con sus dedos palpó su cadera, brazos y abdomen.

—No me duele nada —arguyó confundida.

—Lo sé, Laura, aquí no duele nada. Aquí sólo se siente paz y felicidad.

—Yo no siento ninguna paz y mucho menos felicidad —replicó.

—Eso es porque todavía no estás aquí definitivamente.

—Pero aquí, ¿dónde es?

—Aquí es el lugar dónde vienen las almas desencarnadas.

—¿No que no estoy muerta? —reprochó.

—Tú alma vino —aclaró campechanamente la voz—, pero tu cuerpo sigue en la tierra, vivo.

Laura soltó una risita nerviosa.

—No, esto no es verdad. Estoy soñando. Dime que estoy soñando y que ya voy a despertar.

—No tienes porqué estar asustada.

—No, asustada no estoy, estoy más bien... enojada.

—¿Por qué?

—¿Sabes cuántos años tengo yo, Dios, o seas quien seas?

—Tienes veinte años.

—¡Veinte nada más! —reclamó Laura—. No puedo morir. No quiero. Tenía tantos planes. Un novio. Un padre que me amaba, a tres hermosas hermanas...

Conforme hablaba, el tono de Laura pasaba de amargo a desesperanzado.

—Pero ¿por qué hablas en pasado? Ya te dije que no estás muerta y si quieres puedes regresar.

—¿¡Qué!?

Laura irguió el cuerpo mostrando las cejas arqueadas y el nacimiento de una tímida sonrisa. Escuchó atenta a la voz que parecía devolverle el hilo de esperanza que había soltado segundos atrás.

—Absolutamente, Laura, tienes la decisión de volver.

—¿En mi mismo cuerpo? —preguntó inquieta y entusiasmada—. ¿Con mi misma familia? ¿A la misma vida?

—Sí. ¿Recuerdas el accidente que te trajo aquí?

—No —admitió decepcionada.

—El auto en el que viajabas con tu hermana Carol fue embestido.

Sus ojos se abrieron de par en par, le resultaba extraño escuchar algo que no recordaba en absoluto.

—¿Cómo pasó?

—El conductor de un auto que iba en sentido contrario perdió el control y chocó de frente contra ustedes.

La descripción del accidente activó en Laura recuerdos fugaces del mismo. Un flash del último momento en el que había tenido conciencia, evocó en ella la angustia y desesperación por ver a un auto acercándose contra el suyo.

—¡Carol! —se sobresaltó—. ¿Cómo está ella?

—Está herida, pero no va a morir.

—¿Ella eligió quedarse?

—Ella no ha decidido marcharse aún. Ha decidido vivir una experiencia fuerte a tu lado que le traerá ciertas consecuencias a su vida.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Te explicaré, y tú decidirás si quieres volver o te quedas aquí.



CAROL

—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdennos!

Carol gritaba con la poca fuerza que proveían sus pulmones. Las lágrimas le escurrían por las mejillas mezclándose con la sangre que le había salpicado en la cara.

—¡Laura! —gritó desesperada—. ¡Laura, por favor respóndeme!

Con el brazo cosquilleándole, intentó mover a su hermana, quien yacía inconsciente en el asiento del conductor.

Las bolsas de aire, expulsadas con medio segundo de retraso, eran más responsables de las lesiones de ambas hermanas que el accidente mismo. Con dificultad, Carol desabrochó los cinturones de seguridad y se acercó al pecho de Laura, pero no escuchó a su corazón. Tomó su muñeca derecha para sentir su pulso y un latido irregular, casi imperceptible, le produjo alivio temporal.

La puerta de Carol se hallaba contra la barrera de contención impidiéndole descender. Adolorida y sin deseos de mover un sólo dedo para intentar salir, eligió permanecer recostada hasta recibir ayuda.

Algunos testigos del accidente, se acercaron a socorrerlas.

—Mi hermana, por favor —chillaba Carol—, ayúdenla.

—No te muevas —le dijo un hombre joven desde la ventana del piloto—, la ambulancia ya viene. Carol asintió y le susurró a su hermana que resistiera.

Quince minutos atrás, ella y Laura cantaban Just the way you are a todo pulmón y reían a carcajadas. Una divertida salida al bosque se había convertido en una atroz pesadilla. Carol sacó con aprieto de uno de sus bolsillos su celular y se lo extendió al joven que permanecía a unos centímetros de la ventana; le pidió llamar a su padre y enterarlo de lo ocurrido.

Las sirenas de un par ambulancias se escucharon a lo lejos, y Carol, que no dejaba de llorar y de hablarle a Laura, le comunicó su llegada.

Las ambulancias se estacionaron a unos metros del accidente y los paramédicos se dividieron para ayudar a los heridos de ambos autos.

—Hay una mujer consciente —comunicó uno de ellos en cuanto vio a Carol—. ¿Cómo te llamas?

—Carol —respondió ella entre gemidos—, y ella es mi hermana Laura.

—Carol, mi nombre es Alberto, estamos aquí para ayudarlas. Ahora vamos a sacar a Laura de aquí y enseguida volveremos por ti, ¿de acuerdo?

—¿Ella estará bien?

—Te prometo que haremos lo posible para que así sea.

Tres paramédicos rodearon el asiento del copiloto, dos de ellos ingresaron por la puerta de atrás, uno tomó la cabeza de Laura con cuidado y la sostuvo mientras los otros dos le colocaban un collarín cervical, luego, intentando mantener recto el cuerpo de la accidentada, le pusieron un chaleco de extricación. Lentamente llevaron todo el respaldo hacia atrás y la sacaron con cuidado por la puerta trasera donde la pusieron en una camilla y la trasladaron a la ambulancia.

Mientras observaba a tres desconocidos maniobrar con el cuerpo inconsciente de su hermana, Carol sentía el nudo de su garganta agigantándose y sus lágrimas no dejaron de precipitarse sobre sus amoratados cachetes.

La policía y la grúa ya estaban en el lugar examinando las condiciones de los autos y de los heridos. Algunos reporteros de los periódicos y noticieros locales, se apresuraron a fotografiar el accidente y a hacer preguntas a los testigos y a las autoridades.

Carol, impávida en el asiento del copiloto, veía como todos afuera la curioseaban y señalaban sin miramiento. Los paramédicos que se llevaron a Laura volvieron por ella unos minutos después y empezaron a ejecutar la misma técnica para sacarla del vehículo. La bolsa de aire le había fracturado algunas costillas y quemado la cara y brazos, empero, sus lesiones no eran de gravedad.

—¿Qué tiene mi hermana? —preguntó en cuanto volvieron—. ¿Estará bien?

—Estamos haciendo lo posible —respondió Alberto mientras la sostenía de la nuca con firmeza.

—¿Qué tiene ella? —se empecinó—. Quiero que me lo digas, por favor.

—Parece ser, que es una hemorragia interna.

Carol enmudeció un momento mientras imaginaba el dolor que estaría sufriendo su hermana.

—¿Eso es grave?

El paramédico ignoró su cuestionamiento por responder a su compañera que le pedía fuera más firme en la sujeción de la cabeza. 

—Contéstame —presionó Carol.

—Por favor mantente inmóvil —dijo él clavando la mirada en sus ojos—. Lo que le ocurrió a tu hermana es, en la mayoría de los casos, mortal. El impacto hizo una fuerte presión sobre su abdomen, lo cual ocasionó un desgarro en...

Una de las paramédicos que colocaba el chaleco desde el asiento trasero llamó la atención de su compañero para hacerlo callar. Estaba dando información de más a la herida, misma que podría comprometer el estado de su salud.



LAURA

—¿Has escuchado el dicho que reza: las cosas pasan por algo?

—Sí.

Laura y la presencia misteriosa a la que sólo podía escuchar, se movían en línea recta sobre el esplendor que les rodeaba.

—Querida Laura, tú estás aquí por algo. Te ocurrió lo que te ocurrió por algo. Todos los involucrados están involucrados por algo.

—¿Y qué es ese algo? 

—Depende.

—¿De qué?

—De cada involucrado.

—No quiero acertijos, por favor —se exaltó Laura—. Si mi vida pende de un hilo, tiempo no me sobra.

—Aquí el tiempo no existe. Podríamos hablar la eternidad misma, y si decides volver, volverás en el momento perfecto en el que necesites hacerlo.

—Está bien, pero yo necesito más, quiero saber por qué pasó todo.

—Hay cosas, Laura, que las personas eligen aprender de una determinada manera.

—¿El accidente puede ser una de esas maneras?

—Así es.

—Entiendo, sólo que yo no lo elegí —renegó Laura.

—Oh, sí que lo hiciste.

—¿Cómo voy a elegir yo esto y luego no recordarlo?

—No es algo que hayas hecho de manera consciente, pero si es un acuerdo mutuo que se hizo entre los implicados.

—¿Qué quieres decir?

—Que todos los que se relacionen a partir de este suceso han decidido participar en un nivel más allá de su comprensión física.

—¿Estás diciendo que esto no fue sólo mala suerte?

—En absoluto.

—¿Teníamos que vivirlo?

—Así es, querida Laura.

—¿Y por qué?

—Como te he dicho, cada uno tiene sus razones.

—Bueno, ¿y cuáles podrían ser mis razones? Yo, definitivamente, no quiero morir.

—Tu alma sabe muy bien que de esta forma su misión queda cumplida, y decidiste desencarnar por medio de ese accidente.

—¿Quién decidió mi alma o yo?

—Tú eres tu alma. Trato de hacerlo simple.

—Pero si esa era mi salida, entonces, ¿por qué no estoy muerta?

—Porque como bien dije, esa fue una elección que hiciste en un nivel superior, que rebasaba tu comprensión física. Y tú presencia aquí, después de ese accidente, es totalmente consciente. Sólo tienes que reafirmar tu elección o declinarla y volver.

—Pero si declino, ¿a qué vuelvo? ¿No que mi misión está culminada? Nada de esto tiene sentido.

—Imagina, querida Laura, si ustedes fueran conscientes de todas las decisiones que toman en un nivel superior. Nada tendría sentido.

—¿A qué te refieres?

—¿Te parece que tiene sentido que un bebé muera a los pocos días de haber nacido?

—No.

—Parece que no, ¿verdad? Pero eso es algo que pasa para afectar la vida de sus padres y de los seres a su alrededor, pero sobre todo la misma alma del bebé.

—¿Y de qué sirve?

—Crecimiento. Todo el sufrimiento sirve para crecer.

—Me cuesta creerlo.

—Que te parezca difícil de creer, no quiere decir que no sea verdad.

—¿Y cuál era mi misión? ¿Qué pude haber hecho tan joven como para tener que abandonar mi cuerpo tan pronto? Yo siento que me quedan muchas cosas por hacer. Aún no me he graduado de la universidad, Víctor y yo no nos hemos casado, no he tenido hijos, no he viajado lo suficiente...

—Esas cosas materiales de la vida terrestre no tienen nada que ver con las misiones del alma, las que repito, tú estás culminando ahora.

—Y yo repetiré mi pregunta: ¿por qué tengo la opción de quedarme si ya no hay nada que hacer?

—Porque es tu derecho. Todos ustedes tienen libre albedrío, y créeme, a todos les he preguntado si se van o se quedan.

—¿Quieres decir que a mi madre se lo preguntaste también?

—Sí.

Laura detuvo su deambular en seco y con los ojos agrandados preguntó:

—¿Y ella decidió quedarse aquí?

—Sí.

—No, no lo creo —negó con la cabeza repetidamente—. Ella jamás nos abandonaría. No dejaría a cuatro niñas huérfanas y  a su esposo viudo. Eso es muy cruel.

—Tu madre no dudó ni un segundo en quedarse conmigo y lo hizo por ustedes.

—No lo entiendo —confesó Laura con el rostro ceñudo.

—Lo entenderás pronto.

—¿Puedo saber qué pasará en cualquiera de los dos casos?

—Eso ni yo lo sé.

—¿Cómo no vas a saberlo? Eres Dios, creo.

—Tú decides y siempre decidirás tu destino, tu futuro, tu propia suerte o como quieras llamarlo, a mí no me queda más que aceptar tu voluntad.

—Ja, ja, ja —se mofó Laura—. Yo estoy bien acostumbrada a escuchar que todo es la voluntad de Dios, o sea tu voluntad.

—Ustedes, humanos, son extraños.

—¿Y para qué existes, entonces? —cuestionó Laura mientras cruzaba los brazos.

—Para que tú existas y experimentes todo lo que he creado para ti.

—¿Pero no puedes salvar a las personas?

El tono sarcástico de sus palabras, no inmutaba en absoluto a la apacible voz que contestaba con serenidad a cada cuestionamiento.

—Las personas son salvadas o no, por sus propias decisiones.

—No te entiendo nada —confesó frustrada.

—¿Qué no entiendes?

—Yo no elegí este accidente. No quería morir. No quiero abandonar a mi padre ni a mis hermanas. 

—Sí lo elegiste y no tienes que abandonarlos si no quieres.

—Entonces, ¿para qué todo esto?

—Ya te dije, hay un propósito sublime detrás. Era estrictamente necesario para afectar la vida de todos de una manera irrefutable e impactante.

—¿Y por la buena no se podía?

—Laura —La voz reveló un sutil deje risueño—, ¿cuándo se ha podido por la buena con ustedes los humanos?

—¿En serio ese es tu argumento, Dios?

Laura se exasperaba con cada explicación proveniente de la afable voz que no lograba dejar satisfecha su curiosidad.

—Dime, ¿has escuchado hablar de Frida Kahlo?

—Sí, fue una pintora muy famosa del siglo XX.  

—Ella sufrió un accidente en su juventud que la llevó a vivir en un cuerpo martirizado, llena de dolores constantes e interminables achaques.

—Sí, algo sabía.

—Frida se acercó a la pintura mientras yacía postrada en su cama. Fue el único refugio que encontró para escapar de su realidad.

—Sé que pintó algunas de sus más grandes obras mientras estaba convaleciente.

—¿Y qué ves en ellas?

—No lo sé, ¿arte?

—Así es. El dolor, el sufrimiento, la impotencia, la rabia, todo transformado en arte. Ella no habría sido pintora de no haberle ocurrido ese fatal accidente.

—Desde luego, pero ese accidente le trajo mucho dolor físico y muchos pesares. Quizá si le hubieran preguntado habría preferido otra vida.

—A eso quería llegar —replicó la voz—. Ella eligió vivir exactamente lo que vivió. Así como tú elegiste hoy, y así como eligen todos cada día de sus vidas con cada acontecimiento por más pequeño que sea.

—¿Pero por qué todo tiene que ser tan complicado?

—En realidad no lo es. Tú hoy subiste a ese auto que terminó embestido. Fue una simple decisión, ¿voy de paseo o no? Elegiste ir. Frida se subió al autobús que se estrelló con un tranvía. Fue su decisión.

—Sí, pero son decisiones que no sabemos qué consecuencias traerán.

—Es que sí lo saben, no lo recuerdan, pero sí lo saben. Sus almas siempre lo saben, a eso vienen; a experimentar, a crecer, a evolucionar.

—¿Significa que con este accidente los involucrados deben cambiar algo en sus vidas?

Su última pregunta revelaba a una Laura más calmada y comprensiva. Descruzó los brazos y se quedó quieta, tratando de entender lo que escuchaba sin juzgar.

—Sí.

—Cosas malas, supongo.

—Sólo cosas. Lo bueno y lo malo depende de la percepción de quien observa.

—Si yo debo morir...

—No debes si no quieres —reiteró la voz.

—Bueno, si mi alma ya no tiene ninguna misión y decido volver, ¿qué tengo que cambiar?

—Respóndelo tú. Sé que lo sabes.

—Supongo que valorar el tiempo y sobre todo mi vida, la que por ahora creo que no tengo y deseo con toda el alma. Valorar los momentos con mis hermanas y mi padre.

—Tus palabras demuestran entendimiento y crecimiento. Ahora el tiempo, tu vida y los momentos con tu familia te parecen de alto valor. Aprendiste a valorarlos porque en este momento te sientes desprovista de ellos.

Laura asintió lentamente con la mirada perdida, reflexionaba sobre los momentos más importantes que había vivido y en los cuales no había reparado.

—Pero —abrió los ojos de golpe e inquirió con curiosidad— me pregunto qué cosas son las que debe cambiar Carol. ¿Ella lo sabrá aún sin tener una conversación contigo?

—Todos lo sabrán aunque no lo sepan conscientemente. Yo siempre hablo con todos lo seres, aunque no todos prestan atención.

Laura ladeó la cabeza y arrugó el entrecejo.

—¿Cómo lo haces?

—De infinidad de maneras: en la letra de una canción, en la frase de una imagen, en la mirada de un tierno animalito, en las palabras de un amigo, en el sonido del viento, en el lugar en el que cada uno quiera encontrarme.

Mientras escuchaba, el rostro de Laura se evidenciaba patidifuso.

—¡Sorprendente! Nunca lo hubiera imaginado.

—Ahora lo sabes —añadió gentilmente la voz.

—¿Puedo ver qué pasa en la tierra ahora?

—¿Quieres ver? Claro que puedes hacerlo.

—Necesito ver —se dijo a sí misma y luego alzando la voz agregó—: antes de tomar una decisión.

—Estás en tu derecho.

—Ah, pero por favor, ya dime, ¿cuál era mi misión? Esa que dices que ya cumplí.



CAROL

El padre de Laura y Carol salió de su trabajo en cuanto fue notificado vía telefónica. Se dirigía al lugar del accidente cuando recibió una llamada del hospital en dónde ya estaban siendo atendidas sus hijas. En urgencias preguntó por ambas y le informaron que Carol estaba fuera de peligro y podía verla enseguida, pero de Laura aún no había diagnóstico.

—¡Papá! —exclamó Carol en cuanto lo vio cruzar por la puerta.

—No te muevas, cariño, papá está aquí.

El se acercó para abrazarla y confortarla y ella se arrinconó en su pecho donde por fin pudo liberar el gran lamento que llevaba conteniendo desde el accidente.

—¿Y Laura? —preguntó ella entre sollozos.

—No hay información disponible todavía.

—El paramédico dijo que su lesión era de gravedad —espetó Carol—, pero sé que la van a salvar.

—¿Qué le pasó? —inquirió su padre con evidente preocupación.

—Algo de una hemorragia.

—Dios mío —musitó antes de llevarse una mano a la boca.

—Ella no va a morir, papá.

—Cariño...

El padre tragaba saliva intentando despejar el nudo en su garganta que bloqueaba el sonido de sus cuerdas vocales.

—Yo sé —continuó Carol—, ella no se va a morir, también me dijo el paramédico que ella debería haber muerto al instante y no ocurrió.

—¿Qué? —La quebrada voz del padre era incontrolable.

—Es un milagro, papá —seguía Carol entre lágrimas—, ella va a vivir. No nos va a abandonar.

—Buenas noches, señor... ¿Andrés?

El médico responsable de Laura,  entró en la habitación de Carol, donde le habían informado estaba el familiar al que debía notificar el estado de salud de la paciente. Al ver a Andrés, padre de las hermanas, se detuvo ipso facto a dos pasos de haber cruzado el umbral.

Carol y su padre reconocieron de inmediato al hombre parado frente a ellos. Barto había sido el médico que había diagnosticado a la madre de las hermanas con cáncer diez años atrás.

—¿Qué estás haciendo aquí, Barto? —inquirió colérico Andrés.

—Ahora trabajo aquí —dijo, y señalando a Carol intentó formular una pregunta—: ¿Ella es...?

—Es Carol —increpó Andrés—, la menor. Laura también está aquí, está...

—Sé de quién hablas —lo interrumpió Barto—. Pero no sabía que era tu hija.

—¿Y cómo ibas a saberlo? —replicó Andrés con brusquedad.

Barto tragó saliva y se aclaró la garganta antes de volver a hablar.

—De ella traigo noticias.

—¿Está bien? —preguntaron padre e hija al unísono.

—Estamos haciendo lo posible.

—No te andes con rodeos —gruñó Andrés.

—Escucha. Es... delicado —tartajeó Barto—. Ella vino con una hemorragia en la aorta torácica que fue contenida gracias a un hematoma. La intervenimos con una cirugía endovascular para hacer una mínima invasión y que el riesgo fuera menor, pero no hemos tenido la respuesta que esperábamos

—En español, hombre.

—Quiero decir que no responde y ya no hay más por hacer.

—¿Eso qué demonios significa?

—Que debemos esperar.

—¿Sólo eso?

—Lamento decir... que sí.

—No. No. Hagan algo —gritó Andrés mientras iba y venía de la cama de Carol a la ventana—. Lo que sea. Una cosa más, una inyección, una pastilla o medicina, háganlo, estamos en un hospital lleno de cosas para salvar a las personas. No me vas a decir que sólo dejarás a mi hija morir. No hagas lo mismo que la última vez.

—Escucha, la última vez pasó lo que tenía que pasar. Soy un médico no un héroe ni un santo. Las personas mueren todos los días, y aunque nosotros hagamos lo imposible por salvarlos, a veces su hora ya está marcada.

Andrés se detuvo de golpe y con la mirada torva penetró los ojos de Barto.

—¡Por favor! ¿Un hombre de ciencia dejando una vida a la suerte?

—Un hombre de ciencia que sabe cuando ya ha hecho suficiente y deja a sus pacientes elegir.

—¿Estás diciendo que mi hija es la que no quiere despertar?

—Trato de decir —dilucidó Barto procurando mantener la calma—, que tu hija está fuera de peligro y por alguna razón psicosomática no responde. Ella es muy lista y está viviendo su proceso, sólo permítele concluirlo.

—¿Concluirlo? ¿Quieres decir... morir?

—No. No. Creo que has glosado mis palabras. Quiero decir, que lo que sea que ella elija, le permitas hacerlo y que lo aceptes.

—Maldito bastardo, ¿quién demonios te crees...

Andrés caminó hacia la puerta con el cuerpo ensanchado y las fosas nasales dilatadas. Llevaba las manos al frente listas para sujetar al médico que lo estaba sacando de quicio con los que le parecían argumentos inútiles.

—¡Papá, basta! —gritó Carol con firmeza—. No hagas lo mismo que la última vez.

Andrés se detuvo en seco con el rostro perplejo y volteó a ver a su hija.

—¿Qué dices, cariño?

—Doctor —imploró Carol a Barto—, ¿nos puede dejar solos?

El médico asintió y luego de prometer traer noticias de Laura en cuanto las tuviera, salió de la habitación.

—¿Ya se te olvidó todo lo que le hiciste a mamá? —increpó Carol.

—¿¡Qué!?

—Papá, ¿ya se te olvidó que ella no quería el tratamiento, ni la quimio, ni las pastillas, ni las inyecciones y menos los cientos de análisis por los que la hiciste pasar?

—Cariño, yo...

—Lo hizo por ti, porque no soportaba la idea de verte sufrir por ella. Porque se sentía culpable por estar enferma, pero ella no lo eligió, sólo le pasó, como le pasa a cientos de seres en el mundo. Y sí, están los que deciden luchar y salir adelante, pero ella se cansó y cuando quiso renunciar no la dejaste ir, sólo seguiste gimoteando hasta que la llevaste al punto en el que no pudo más. Ella se fue agotada y triste por no cumplir con tus expectativas.

Con los ojos aguados y la voz entrecortada Andrés se defendió argumentando que todo lo había hecho por ellas.

—¡No! —replicó Carol—. Lo hiciste por ti, para no quedarte sólo y con una responsabilidad de cuatro hijas, pero ¿sabes qué, papá? Pasó, ella murió y aquí estamos ocho años después, y ya ves, sí pudiste.

Andrés se desplomó en un sollozo amargo hasta quedar en cuclillas sobre la pared.

—Papá...

Al verlo casi en el suelo, llorando como un niño, Carol se sintió compungida y quiso acercarse para abrazarlo.

—No, no. No te muevas, cariño, estaré bien. Sólo que acabo de darme cuenta de muchas cosas. Las he tenido abandonadas desde que murió tu madre. Mis niñas, mis princesas creciendo solas, sin una mamá que las guíe y las apoye en la incomprensible tarea de vivir, y con un padre ausente.

Las lágrimas de ambos se desbordaban sobre sus mejillas mientras evocaban tiempos difíciles.

—Te amo, papá —susurró Carol.

—Y yo a ti, mi niña hermosa, y a Laura, a Lucía y a Mónica. Y tuvo que pasar esta desgracia para darme cuenta; pero volveremos a ser una familia unida. Vamos a cambiar las cosas a partir de ahora.

Andrés se limpió las lágrimas y se levantó para ir al lado de su hija que lloraba en silencio.

—Lamento interrumpir, pero tengo...

—¡Barto! —exclamó Andrés—, perdóname, amigo. Tú no tuviste la culpa cuando mi amada Lucía murió, y te culpé; hice muchas cosas malas en tu contra, al grado de hacer que te despidieran. Perdóname, por favor perdóname.

—Andrés, eso no tiene importancia ahora —acertó a decir Barto—, por supuesto que acepto tu disculpa y ahora más que nunca porque sé que necesitarás de un buen amigo en estos momentos.

—¿Qué quiere decir, doctor? —terció Carol alarmada.

—Lo siento muchísimo, pero debo comunicarles que Laura acaba de fallecer. Su cuerpo no resistió la intervención y su corazón ah dejado de latir.



LAURA

—¿Así que te quedas?

—Tenías razón, Dios —suspiró Laura con la sonrisa abierta.

—¿Sobre qué?

—Sobre que pronto sabría por qué mamá no volvió.

—¿Lo sabes ahora?

—Sí —manifestó orgullosa—. Ella supo lo que pasaría si no volvía y vio que eran cosas buenas, cambios que necesitábamos afrontar, luchas personales.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque yo también lo supe. No sé cómo pero pude verlo.

—¿Quieres contarme?

—En verdad se necesitaba este accidente para cambiar algunas cosas. Papá ya no será más un padre ausente. Mi pérdida le hará valorar más a las hijas que le quedan. Se dio cuenta muchos años después de la presión a la que sometió a mi madre, y ahora puede aceptarlo y perdonarse. El rencor que sentía hacia el doctor Barto por creerlo responsable ha desaparecido y eso será muy bueno para su salud mental y física. Ellos eran amigos y volverán a serlo.

—Sin duda lo serán.

—Además, Carol se reencontrará con alguien que conoció el día del accidente; él leerá en el periódico el aviso mortuorio de mi fallecimiento y la buscará para devolverle su teléfono celular. Él es el amor de su vida. No lo habría conocido de otra manera.

—¿Te falta algo?

—Sí. El hombre que se estrelló contra nuestro auto va a la cárcel si muero. Él tiene muchas deudas pendientes con la justicia. Su esposa y sus hijos se liberan de un golpeador y sus socios de un tirano estafador.

—Eso si él decide quedarse.

—¿Está en la misma situación en la que yo estaba?

—Digamos que sí.

—Pero si no vuelve no pagará por las cosas malas que hizo.

—Una causa jamás es liberada de su consecuencia. No te preocupes por ello.

—No lo haré. Ya sé por qué no querías hablarme sobre la misión de mi alma.

—¿Por qué?

—Porque era esta. Mi misión era morir; era la manera en que ayudaba a las almas a mi alrededor.

—¿Sientes que fue un sacrificio?

—No, por supuesto que no porque yo lo elegí así para evolucionar.

—Así es.

—¡Vaya! Ya empiezo a sentirla.

—¿Qué cosa?

—Esa paz de la que hablabas.

—¿Y qué hay sobre la felicidad?

Un susurro del viento hizo a Laura mirar en dirección al horizonte, donde una silueta conocida se aproximaba con ligereza, al verla sus ojos se iluminaron y la sonrisa ya no le cupo en la cara.

—¿¡Mamá!?

FIN. 
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